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Nuevas señales de peligro

Estudio global revela nuevas señales de peligro

La degradación de las tierras agrícolas amenaza la capacidad del mundo para producir alimentos

PNUD, el PNUMA, el Banco Mundial y WRI, 22 de mayo de 2000

Cerca del 40% de las tierras agrícolas del mundo se halla gravemente degradado, lo cual podría socavar su capacidad productiva de largo plazo, según científicos afiliados al Instituto Internacional de Investigaciones sobre Política Alimentaria (IFPRI) , entidad que ha realizado la cartografía más completa sobre la agricultura mundial.

La evidencia compilada por el IFPRI sugiere que la degradación del suelo ya ha tenido un efecto significativo en la productividad de cerca del 16% de las tierras agrícolas del mundo. La combinación del nuevo mapa de tierras agrícolas con las evaluaciones existentes realizadas por expertos sobre la degradación del suelo sugiere que cerca del 75% de las tierras de cultivo en América Central está seriamente degradado, mientras que las cifras equivalentes para Africa y Asia son 20% y 11% respectivamente (la mayoría de ellas pastizales).

“Los resultados de esta innovadora cartografía muestran toda clase de señales de alerta sobre la capacidad del mundo para alimentarse en el futuro,” afirma Ismail Serageldin, vicepresidente de programas especiales del Banco Mundial y director del Grupo Consultivo sobre Investigaciones agronómicas (CGIAR) . El IFPRI es uno de los 16 centros de investigación que conforman el CGIAR.

“Los efectos sociales y económicos de la degradación de las tierras agrícolas han sido mucho más significativos en los países en desarrollo que en los países industrializados”, afirma el doctor Serageldin. “Estas son precisamente las regiones que requerirán aumentar en mayor medida su producción alimentaria, aunque también son las mismas donde todo parece indicar que lograr ese crecimiento será una tarea muy difícil”.

El análisis de los agroecosistemas del mundo se basa en series de datos tabulados y otros provenientes de satélites y mapas. Los científicos del IFPRI han emprendido este proyecto en colaboración con el Instituto de Recursos Mundiales (WRI) como parte de la Evaluación de Ecosistemas del Milenio (Ecomilenio), una iniciativa internacional más amplia encaminada a realizar una evaluación científica completa y multianual que será lanzada este año.

El informe sobre el estado de los agroecosistemas es uno de los cinco estudios en profundidad sobre los que se apoyan los resultados que serán destacados en Recursos Mundiales 2000-2001. La gente y los ecosistemas: Se deteriora el tejido de la vida . Esta publicación insignia, que será lanzada en septiembre de 2000, hará sonar la alarma sobre el deterioro generalizado de casi todos los ecosistemas del mundo.

“Poner freno al deterioro de los sistemas que sostienen la vida del planeta puede ser el desafío más dificil que el mundo haya enfrentado”, afirmó Jonathan Lash, presidente de WRI. “La clave está en proporcionar a la gente incentivos e información para que aprecie no sólo la capacidad de los ecosistemas para producir bienes como son los alimentos y la madera, sino también servicios de importancia crítica como son la purificación del agua, la fijación o captura de carbono y la biodiversidad”.

De acuerdo con el doctor Per Pinstrup-Andersen, director general del IFPRI, estas amenazas a la capacidad del mundo para producir alimentos se ven agravadas por tres tendencias preocupantes:

 

Para el año 2020 habrá 1.500 millones de personas más en el planeta, casi todas ellas en los paísees en desarrollo más pobres.

 

La fertilidad natural de los suelos agrícolas por lo general está disminuyendo.

 

Cada vez es más difícil encontrar nuevos suelos productivos para ampliar la base de la producción agrícola.

La competencia por el agua agudizará las limitaciones que ya existen para la producción alimentaria. Si bien es posible que los insumos y las nuevas tecnologías puedan neutralizar estas condiciones de deterioro en un futuro próximo, el desafío de satisfacer las necesidades humanas puede tornarse aún más difícil por períodos prolongados.

Degradación del suelo en tierras agrícolas

La cartografía agrícola está basada en las imágenes de satélite más modernas. Es el primer estudio que intenta ilustrar la “intensidad de área” del uso de tierras agrícolas en todo el planeta, esto es, la proporción de suelo que está destinada a la agricultura en cada locación.

El análisis muestra que la producción de cultivos puede crecer aún en forma significativa en las próximas décadas a escala mundial. Con todo, las condiciones subyacentes de muchos de los agroecosistemas, particularmente de aquéllos en los países en desarrollo, no son buenas. La degradación del suelo, que comprende la erosión y disminución de nutrientes, está socavando la capacidad de largo plazo de muchos sistemas agrícolas.

El ejercicio cartográfico incluye la primera evaluación mundial sobre la forma en que la degradación ha afectado el suelo en los ecosistemas agrícolas específicamente, más que en toda la superficie del planeta. Cuando se considera sólo la tierra agrícola, la interpretación de los datos disponibles sugiere que hasta el 40% de las tierras agrícolas está siendo gravemente afectado por la degradación del suelo.

Una de las técnicas de manejo más comúnmente usadas para preservar la condición de los agroecosistemas consiste en aplicar fertilizantes inorgánicos (nitrógeno, fósforo y potasio) o estiércol. La aplicación de cantidades muy pequeñas de estos agroquímicos puede conducir al “minado de nutrientes” (cuando la cantidad de nutrientes extraídos por los cultivos cosechados es superior a la cantidad de nutrientes aplicados), mientras que la aplicación de cantidades excesivas puede conducir a la lixiviación de los mismos (lavado del exceso de nutrientes con la consiguiente contaminación de las aguas subterráneas y de superficie).

Los expertos del IFPRI han sobrepuesto los mapas que muestran el balance de nutrientes para América Latina y el Caribe con las tendencias en los rendimientos, con el fin de identificar “sitios críticos” de degradación potenciales donde el crecimiento de los rendimientos es cada vez más lento y donde la fertilidad está declinando. Entre las áreas donde la capacidad de los agroecosistemas para continuar produciendo alimentos con los métodos actuales aparece más amenazada figuran el nordeste brasileño y secciones de Argentina, Bolivia, Colombia y Paraguay.

Los hallazgos de los analistas del IFPRI relativos a pérdidas significativas en la fertilidad del suelo por agotamiento de nutrientes en América Latina son coherentes con aquéllos de otros estudios subregionales de África subsahariana, China, el sur y el sureste asiático y América Central.

Crecimiento agrícola

A lo largo de la historia -- incluyendo la mayor parte del siglo XX -- la producción agrícola ha sido incrementada principalmente mediante la incorporación de nuevas tierras producto de la conversión de bosques y praderas naturales. Sin embargo, la expansión geográfica llegó a su límite hace ya muchos años en áreas densamente pobladas de India, China, Java, Egipto y Europa occidental.

El área total de tierra utilizada para la agricultura aumentó de 4.550 millones de hectáreas en 1966 a 4.930 millones en 1996.

La intensificación de la producción -- obtener un mayor volumen en un área dada de tierra agrícola -- se ha vuelto cada vez más necesaria. En algunas regiones, particularmente en Asia, esto se ha logrado principalmente produciendo múltiples cultivos cada año en agroecosistemas irrigados con base en nuevas variedades de cultivos de corta duración.

También se ha producido una intensificación notable del uso de tierras agrícolas en los alrededores de las grandes ciudades (y hasta cierto punto dentro de ellas), particularmente de productos perecederos de alto valor como lácteos y vegetales, pero también de aquéllos destinados a satisfacer las necesidades de subsistencia.

Durante las tres últimas décadas, el incremento per cápita en la producción mundial de los tres cereales principales ha sido positivo (hasta de 37% para el maíz, 20% para el arroz y 15% para el trigo), mientras que los precios de estos cultivos en términos reales han caído (43% para el maíz, 33% para el arroz y 38% para el trigo). La baja de precios para productos básicos beneficia directamente a los pobres, quienes gastan gran parte de sus ingresos en la compra de alimentos. Entre las razones principales que explican estos logros figuran las siguientes:

 

un flujo continuo de nuevas tecnologías de producción, incluyendo mejores semillas, prácticas de manejo superiores, mejores técnicas de control y manejo de plagas, áreas éstas en las que el CGIAR ha estado involucrado;

 

la comercialización de la agricultura ha aumentado la disponibilidad y calidad de los insumos de producción, al tiempo que ha creado medios más eficientes de comercializar los productos como resultado de políticas públicas acertadas; y

 

la expansión del comercio internacional que ha minimizado las diferencias de precios entre lugares y estaciones, al tiempo que fomenta patrones de producción basados en ventajas competitivas.

Se ha proyectado que la demanda mundial de cereales aumentará en un 40%, y que el 85% de esa demanda provendrá de los países en desarrollo. Se espera que la demanda de carnes aumente en un 58%, y que el 20% de ese incremento se origine en los países en desarrollo. En cuanto a la demanda de raíces y tubérculos, se espera que se eleve en un 39% y que el 97% de ese aumento provenga del mundo en desarrollo. También es de esperar que se incremente la demanda de frutas, vegetales y especias, así como de productos de finca no agrícolas.

Sin embargo, cada vez es más difícil y costoso lograr cada una de estas mejorías en la producción agrícola, al tiempo que aumenta la evidencia de que las tasas de crecimiento en los rendimientos de los cereales han disminuido tanto en los países en desarrollo como en los desarrollados. Y se espera que los aumentos futuros en la producción de alimentos sean cada vez más difíciles porque será necesario tener en cuenta todo un complejo abanico de factores ambientales y sociales en el momento de desarrollar nuevas tecnologías. “La investigación agrícola será aún más crítica en el siglo XXI que en el anterior pues buscamos cultivar una mayor cantidad de alimentos en la misma extensión de tierra y con la misma cantidad de agua sin causar daño ecológico”, afirma el doctor Pinstrup-Andersen.

Motivos de preocupación

Esta escala de expansión e intensificación agrícola sin precendentes crea dos motivos principales de preocupación. El primero tiene que ver con la vulnerabilidad de la capacidad productiva de muchos agroecosistemas y las tensiones que en ellos ha creado la intensificación de la agricultura. ¿Pueden los avances tecnológicos y el aumento de los insumos agrícolas seguir compensando el agotamiento de la fertilidad del suelo y de los recursos de agua dulce? A medida que la fertilidad del suelo se reduce y el agua escasea ¿cuál será el impacto en los precios de los alimentos?

En segundo lugar hay una serie de preocupciones más amplias acerca de los efectos negativos externos de la producción agrícola que con frecuencia se ven agravados por la intensificación. Entre ellas figuran las tensiones adicionales que los agroecosistemas pueden generara más allá de sus fronteras pero que no aparecen apropiadamente reflejadas en su manejo y costos de producción, como tampoco en los precios que los consumidores pagan por bienes alimenticios y fibras.

En el ámbito de las cuencas, la disminución de los cauces de los ríos y del nivel freático de las aguas subterráneas, el aumento de la erosión del suelo de la agricultura de ladera que se depositará en las pesquerías aguas abajo y en la infraestructura hidráulica, y los daños tanto a los ecosistemas acuáticos como a la salud humana por causa de los residuos de fertilizantes y plaguicidas en las fuentes de agua o en los propios cultivos ejemplifican los efectos negativos. La pérdida de hábitat y biodiversidad que se origina en la asignación de tierras a usos agrícolas, así como la disminución de la base y la diversidad genéticas de las plantas domesticadas y de las especies de animales que actualmente se utilizan constituyen preocupaciones significativas. Cada vez se reconoce más la influencia de la agricultura en el cambio climático, en la medida en que altera los ciclos hidrológicos, del carbono y del nitrógeno.

Entre los principales hallazgos del los análisis preliminares figuran los siguientes:

 

Los países en desarrollo que tienen tierra en abundancia todavía poseen la capacidad física de aumentar la producción de alimentos en forma significativa. Sin embargo, debido al uso más intensivo de las tierras labrantías existentes y a las políticas públicas que permiten a los agricultores “apartar” una proporción de sus tierras, cerca de 40 millones de hectáreas han sido sacadas de la producción agrícola en los Estados Unidos, Europa Occidental y Oceanía durante las tres últimas décadas.

 

Segmentos significativos de la población en los países pobres no pueden darse el lujo de comprar más alimentos. Así pues, la vasta mayoría de los alimentos básicos adicionales tendrán que provenir de la producción doméstica de alimentos en los países en desarrollo que enfrentan altas tasas de crecimiento demográfico y mayores amenazas a los ecosistemas agrícolas.

 

La mayor parte de la producción agrícola, salvo la de lácteos y vegetales perecederos, todavía proviene de campos de cultivos de agricultura de riego y de secano localizados en áreas alejadas de los grandes centros de población. Sin embargo, el crecimiento de la agricultura periurbana y urbana se ha acelerado, especialmente en los países en desarrollo.

 

Mientras que la expansión mundial neta del área agrícola ha sido más bien modesta en décadas recientes, la intensificación ha sido rápida. El área irrigada aumentó en más del 70% durante los últimos 30 años. Mientras que los sistemas de regadío representan sólo el 5,4% del área agrícola mundial, en el sur de Asia constituyen el 35%, en Asia oriental el 15% y en el sureste asiático el 7%.

En el análisis se destaca la necesidad de que se logren mejoramientos significativos en la cantidad y la calidad de la información ambiental relacionada con la agricultura. Más aún, existe la necesidad urgente de hacer un mayor énfasis en la supervisión de la cubierta terrestre, la degradación del suelo y otros indicadores con el fin de entender mejor los efectos ambientales y su relación con la productividad agrícola. Los investigadores agrícolas deben concentrarse en soluciones benéficas para todos que puedan mejorar tanto el rendimiento agrícola como las condiciones ambientales, y estudiar las contraprestaciones implícitas en ellas.

El principal foco de la agricultura es y debe seguir siendo proporcionar una cantidad y calidad adecuada de alimentos a precios razonables, un desafío al que los agricultores y científicos han respondido exitosamente en el pasado. En la era dorada de la agricultura – los últimos 25 años -- los precios de los alimentos cayeron en un 40% como consecuencia del aumento en los rendimientos de los cultivos, de políticas públicas sensatas y de inversión en investigación agrícola. Hoy en día los agricultores del mundo proporcionan en promedio un 24% más de volumen de alimentos que el que producían en 1961, aunque la población se ha casi duplicado durante el mismo período. Pero todavía están surgiendo más retos en el horizonte y, como lo muestra esta investigación preliminar, preservar los agroecosistemas será la clave.


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