|
|||||||||
Oso Pardo
Otro oso, también extinto, Arctodus simus, es conocido como oso americano de hocico corto. Sus restos fueron hallados en el sur de California, a donde llegó a través del Estrecho de Bering, que unía Norteamérica y Asia. Este oso, posiblemente, el mayor que jamás ha existido, era significativamente mayor al actual oso Kodiak de Alaska y era un gran depredador. El oso de hocico corto desapareció hace 12.000 años, al igual que los mamuts, los tigres de dientes de sable y otros grandes mamíferos. Desde entonces su hábitat es ocupado por el oso pardo. En la actualidad, el oso pardo (Ursus arctos, L. 1758) es una especie con una amplia distribución holártica. En Norteamérica vive en Canadá, Alaska y en los estados de Wyoming, Montana, Idaho, y Washington, ocupando hábitats muy diversos desde bosques hasta montañas subalpinas y tundra. En Europa y Asia las poblaciones se encuentran más fragmentadas distribuyéndose desde el norte de la Península Ibérica hasta China y Japón Variabilidad genética del oso pardo cantábricoUna de las principales preguntas que se suele realizar es si con un número poblacional tan bajo la población cantábrica tienen problemas derivados de la falta de variabilidad genética como es la consanguinidad. Para responder a la misma se llevo a cabo un estudio genético en el núcleo oriental durante los años 1997 – 2000 (Rey et al., 2000). Se observó en este estudio que la desproporción de sexos genera una reducción importante de la variabilidad genética, situándose los parámetros de este núcleo entre los más bajos conocidos. La falta de variabilidad genética, causa a corto plazo depresión por consanguinidad, haciendo poco viable el núcleo oriental de la Cordillera Cantábrica. A largo plazo, puede causar problemas por falta de respuesta a cambios ambientales y frente a enfermedades. Del núcleo occidental se carece prácticamente de información genética y no se conoce si los mismos factores de erosión genética presentes en la población oriental lo están en la población occidental y si la proporción de sexos y la variabilidad genética son adecuadas para garantizar su conservación. Uno de los debates ha sido también si existe comunicación entre ambos núcleos y si existe flujo genético entre ambas poblaciones. La incomunicación entre los dos núcleos es achacable a la gran cantidad de infraestructuras y perdida de hábitat en el corredor de Pajares que hacen poco probable la comunicación entre ambos (Nores y Naves, 1993). Sin embargo, la distancia entre ambos núcleos no es excesiva (30 kilómetros), y hay indicios para considerar que algunos individuos puedan franquear esta barrera (Delibes y Obeso, 1999). Además, Clevenger y Purroy (1988) encuentran una dispersión elevada en un macho de oso radiomarcado en la población oriental, con un domino vital de 224 km2. Sin embargo, al tener las hembras de oso un comportamiento filopátrico, situándose las pocas hembras del núcleo oriental en el extremo más alejado del núcleo occidental, es muy probable que no exista intercambio genético y que puede originar fenómenos de rápida extinción. Saccheri et al. (1998) han señalado que la fragmentación en poblaciones animales acelera la probabilidad de extinción. Naves et al., (1999) analizan el futuro de la población de oso pardo en la cordillera cantábrica. En 1995, momento en el que finaliza su estudio, concluyen que “no existe viabilidad para la población, ... de forma determinista se encuentra condenada a la extinción”. Para determinar esta extinción inminente, estimaron el Tamaño de Población Mínima Viable (PMV) que se define como “la población aislada más pequeña posible, que cuenta con, al menos, un 95% de probabilidades de sobrevivir al menos 100 años”
(Shaffer, 1983). Considerando que la población de 1995 siguiera la tendencia de la década de los 90, en cuanto a muertes anuales, incremento de la población y tasa de mortalidad de hembras, las 25 hembras independientes que constituían la población en ese momento, no cumplen los criterios de PMV. Para ello sería necesario como mínimo
32 hembras independientes. En este caso, se supera el 5% de probabilidades de extinción en los próximos 100 años. Según las variaciones ambientales de mortalidad que se consideren, este 5% de probabilidad de extinción podría sobrepasarse en sólo 50 años.
|
|||||||||
|
|||||||||